Antes de la sesión
La parte más difícil suele ser agendar. Después de eso, el proceso es más simple de lo que imaginas: te confirmamos día, hora y modalidad (presencial en Santiago o videollamada), y recibes indicaciones claras. No tienes que preparar nada — solo llegar, o conectarte, como estés.
Los primeros minutos
Tu terapeuta se presenta, te explica cómo funciona la confidencialidad y te hace preguntas abiertas: qué te trae, desde cuándo, cómo está tu sueño, tu trabajo, tus relaciones. Tú decides cuánto compartir y a qué ritmo. Nadie te va a obligar a hablar de lo que no estés listo para hablar.
¿Llorar? Puede pasar y está bien. ¿Quedarte sin palabras? También. Los terapeutas saben acompañar silencios.
Lo que NO va a pasar
No te van a juzgar, ni a regañar, ni a contarle a tu familia lo que dijiste. No te van a “analizar” como en las películas ni a recetarte nada en el primer encuentro sin evaluación. Y no estás firmando un compromiso de por vida: cada paso siguiente se decide contigo.
Al final de la sesión
Cierran con una idea inicial de qué te gustaría que cambiara y un plan tentativo: frecuencia, enfoque y próximos pasos. Muchas personas salen de la primera sesión con una sensación inesperada: alivio. Poner en palabras lo que llevabas cargando, frente a alguien entrenado para escucharte, ya es el comienzo del trabajo.
Preguntas frecuentes
¿Qué digo si no sé por dónde empezar?
Di exactamente eso: “no sé por dónde empezar”. Es una de las frases más comunes en primeras sesiones, y tu terapeuta sabe guiar desde ahí.
¿Cuánto dura una sesión?
Las sesiones de terapia duran alrededor de 50 minutos. Las evaluaciones psiquiátricas iniciales pueden tomar más tiempo.
¿Y si no conecto con mi terapeuta?
Se lo puedes decir a coordinación sin pena. La conexión importa, y cambiar de profesional es parte normal del proceso.
¿Te resonó este artículo? Este contenido es educativo y no sustituye una evaluación profesional.
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